Durante mucho tiempo se creyó que los ojos eran órganos prácticamente estériles, es decir, que no contenían microbios. De esta forma, la presencia de microorganismos suponía una infección. Sin embargo, investigaciones recientes han revelado una realidad mucho más compleja: en la superficie ocular habita una pequeña pero relevante población de bacterias, virus y hongos que podrían desempeñar un papel clave en la salud visual. De modo que portamos bacterias, virus y hongos en los ojos.
Estos estudios han mostrado que, a diferencia de otros órganos, el ojo alberga muy pocos microbios, apenas unos pocos por cada cien células humanas en su superficie, pero su impacto podría ser decisivo. Algunas de las bacterias que se han identificado en el ojo también pueden encontrarse en otras partes del cuerpo. Por ejemplo, Staphylococcus, Corynebacterium, Streptococcus o Lactobacillus. Su presencia ayuda a mantener la estabilidad del tejido ocular. Cuando este equilibrio se altera, un fenómeno conocido como disbiosis, pueden aparecer diversas enfermedades.
Ejemplos de la relevancia de las bacterias, virus y hongos en los ojos
Un ejemplo llamativo es el caso del glaucoma. Algunas personas que lo padecen muestran un aumento de bacterias como Pseudomonas o Acinetobacter, lo que podría favorecer procesos inflamatorios relacionados con el avance del daño en el nervio óptico. Otras enfermedades, como la conjuntivitis, una de las infecciones oculares más frecuentes, pueden surgir tanto por desequilibrios bacterianos como por la presencia de virus capaces de provocar cicatrices en la córnea.
Pero es que además, también tenemos hongos en los ojos. Ciertas especies de Aspergillus o Candida pueden desencadenar queratitis fúngica, una infección potencialmente grave. Y en trastornos autoinmunes como el síndrome de Sjögren, la reducción de la variedad de hongos podría agravar la sequedad ocular. Esto no es trivial, ya que es un problema que afecta a millones de personas en todo el mundo y tiene un fuerte impacto sobre la calidad de vida.
¿Hay relación con otras partes del cuerpo?
Pero la influencia de estos microbios en la salud de los ojos va mucho más allá de la superficie ocular. Cada vez hay más evidencias de que existe una relación entre el estado de la microbiota del intestino y enfermedades oculares, una conexión conocida como el “eje intestino-ojo”. Por ejemplo, estudios en animales han mostrado que las bacterias procedentes de personas con enfermedades autoinmunes pueden aumentar la posibilidad de sufrir daños en la córnea por sequedad o inflamación. Alteraciones similares en el intestino también se han asociado a trastornos como la degeneración macular asociada a la edad, una de las principales causas de ceguera a nivel mundial.
Pues sí. Incluso otras partes del cuerpo podrían estar implicadas. Por ejemplo, ciertas enfermedades pulmonares comparten mecanismos inflamatorios con patologías oculares. De hecho, se investiga si el uso de lentes de contacto podría modificar la composición microbiana del ojo, ya sea por transferencia de microbios de la piel o por cambios inducidos por el propio material de las lentes.

Bacterias, virus y hongos en los ojos
¿Podemos utilizar este conocimiento en nuestro beneficio?
Comprender estas interacciones abre la puerta a nuevas estrategias terapéuticas. Hasta ahora, muchos tratamientos se basan en lubricantes, antiinflamatorios, antivirales o antibióticos, que pueden causar efectos secundarios y no siempre resuelven el origen del problema. Sin embargo, identificar microbios concretos vinculados a enfermedades podría permitir el desarrollo de terapias dirigidas, e incluso de “probióticos oculares”. Es decir, bacterias modificadas o seleccionadas para reforzar las defensas del ojo, reducir la inflamación o favorecer la cicatrización.
Algunos experimentos con modelos animales ya exploran esta idea, utilizando microbios capaces de estimular la producción de moléculas protectoras en la superficie ocular o incluso de modular la respuesta inmunitaria. También se han observado beneficios en la administración de ciertos compuestos producidos por bacterias intestinales que parecen mejorar la integridad de la córnea.
De modo que aunque, el ojo no alberga una población microbiana tan abundante como la del intestino, su microbioma podría ser una pieza clave para entender, y quién sabe si para tratar, enfermedades visuales. La investigación en este campo avanza a gran velocidad, y con ella crece la posibilidad de diseñar terapias más eficaces, menos invasivas y centradas en mantener o restaurar el delicado equilibrio entre estos diminutos habitantes y nuestra visión.
Fuente: Nature
Autor: CArlos del Fresno, @arlosdel






