Empezar la guardería no solo supone un gran cambio social para los bebés, sino también una transformación profunda de los microorganismos que viven en su intestino. Un nuevo estudio muestra que, en apenas unas semanas, los niños comienzan a intercambiar bacterias entre ellos, cambiando de forma significativa su microbioma. De forma que ir a la guardería ayuda a crear el intestino.
Durante el primer año de guardería, los bebés llegan a compartir entre un 15 % y un 20 % de las bacterias que habitan su intestino. Esta proporción es incluso mayor que la de microorganismos adquiridos previamente en el entorno familiar. El contacto cercano, el juego y la convivencia diaria parecen ser factores clave en este intercambio invisible pero constante.
Porque, ¿de dónde vienen las bacterias de los niños?
Hasta ahora se sabía que el microbioma infantil, es decir, el total de bacterias que tienen los niños en su intestino se forma principalmente tras el nacimiento. Y hasta ahora se le daba una gran influencia al aporte desde la madre y del entorno doméstico. Sin embargo, este trabajo demuestra que la socialización temprana introduce una nueva y potente vía de adquisición de microorganismos. Además, justo en una etapa en la que el sistema inmunitario aún está en desarrollo y es especialmente receptivo.
El estudio también revela que los bebés con hermanos presentan una microbiota más diversa desde el inicio y dependen menos del intercambio con otros niños de la guardería. Además, se observaron cadenas de transmisión sorprendentes, en las que bacterias pasaban de un adulto a un bebé, de este a otros niños y, posteriormente, de vuelta a distintos hogares, lo que sugiere que los niños actúan como importantes “nodos” de intercambio de bacterias.

La guardería ayuda a crear el intestino
¿Juegan un papel las mascotas?
Otro hallazgo llamativo es que los animales domésticos también pueden participar en este intercambio bacteriano, aunque principalmente a través de los bebés y no de los adultos. En contraste, el factor que más alteró negativamente el microbioma infantil fue el uso de antibióticos, que redujo drásticamente la diversidad bacteriana, aunque esta se recuperó con rapidez gracias a la incorporación de nuevas especies del entorno.
Aunque aún no se conocen las consecuencias a largo plazo de esta exposición temprana a una mayor diversidad microbiana, los resultados apuntan a que la vida social en los primeros años podría contribuir a construir un microbioma más rico y resiliente. Es posible que algunas de las bacterias adquiridas en la guardería permanezcan durante años, influyendo en la salud futura.
En definitiva, más allá del aprendizaje y la socialización, la guardería podría desempeñar un papel inesperado pero crucial en la educación del sistema inmunitario, dejando una huella biológica que acompañe a los niños mucho más allá de sus primeros pasos.
Fuente: Nature
Autor: CArlos del Fresno, @arlosdel






