COVID19: Queremos anticuerpos, sí, pero ¿para qué?

Anticuerpos frente a SARS-CoV-2: COVID19

En los últimos tiempos, oímos hablar en los medios de comunicación con mucha frecuencia de anticuerpos. Leemos que se producen en respuesta a la infección por coronavirus, oímos que generan protección y que hay de dos tipos, unos que se producen temprano tras la infección y otros que indican que la infección ya ha pasado. Vamos a intentar aclarar en este artículo alguna cosa en relación a los anticuerpos. Y como suelo hacer, empecemos por el principio.

En el caso del coronavirus SARS-CoV-2, a la semana de la infección se produce IgM que dura en sangre aproximadamente una semana más. Un poco más tarde, en torno a los 10 días tras la infección, se produce IgG y este anticuerpo es más duradero en sangre, en principio, durante meses. No olvidemos que estos tiempos son aproximados.

¿Cómo funcionan los anticuerpos?

Cuando sufrimos una infección, el sistema inmunitario reacciona contra el patógeno causante y, entre otras cosas, se generan un número elevadísimo de anticuerpos en respuesta a esa infección. Cada uno de esos anticuerpos o inmunoglobulinas es capaz de reconocer al azar elementos diferentes del patógeno causante. De esta forma, tras una infección tenemos muchas formas diferentes de reconocer a esa infección, tantas como anticuerpos diferentes se generen.

Como los anticuerpos generados son capaces de reconocer al patógeno, se unen a su superficie, marcándolo. Esto es importante porque a aquello a lo que se una un anticuerpo, será reconocido como algo extraño para el organismo. Una vez que el anticuerpo se une, se activan dos mecanismos diferentes de defensa.

Empireo COVID19 Antibody

Recreación Anticuerpo atacando un virus

Mecanismos de defensa.

El primero consiste en que al anticuerpo unido a un patógeno, se unen a su vez otras proteínas que se llaman proteínas del complemento. Esas proteínas del complemento son capaces de generar poros en el patógeno al que se haya unido el anticuerpo y como podemos imaginar, esos poros causan daño al patógeno, eliminándolo.

El segundo mecanismo supone que los anticuerpos unidos a patógenos son reconocidos por células del sistema inmunitario que son capaces de comerse aquello a lo que el anticuerpo está unido. Y esto es literal. Se lo comen. De modo que si tenemos anticuerpos que se unen a un virus, este virus estará marcado como “algo que debe comerse”.

Además, la unión de los anticuerpos a los patógenos tiene un efecto de protección pasivo. Y es que aquello a lo que se une, queda “escondido” bajo el anticuerpo. Por ejemplo, si los anticuerpos generados se unen al “gancho” que usa el coronavirus SARS-CoV-2 para entrar en nuestras células, evitaremos que entre, parando así la infección.

Viendo estos mecanismos, parece evidente lo importante de generar anticuerpos contra una infección. Además, una vez que nos hemos infectado, nuestro sistema inmunitario desarrolla una memoria, de modo que si volvemos a infectarnos con el mismo patógeno, produciremos los mismos anticuerpos. Pero esta vez, de forma mucho más rápida y en mayores cantidades. Esta es la base de cómo funciona una vacuna. Al vacunarnos contra un patógeno, generamos una memoria para que aparezca en el caso de que nos infectemos con ese agente. Por ejemplo, cuando nos ponemos la vacuna de la gripe, nos inyectamos una muestra de virus adormecidos, contra la que se generan anticuerpos que nos protegerán en el caso de infectarnos.

¿Son siempre efectivos?

Ya sabemos cómo funcionan los anticuerpos, que sus distintas variantes se generan al azar y la importancia de que se unan a elementos de los patógenos. A los anticuerpos que cumplen estos tres requisitos, se les llama “bloqueantes” porque son capaces de bloquear el avance del patógeno.

Lo bueno de que los anticuerpos se generen al azar es que se generan muchas variantes diferentes, en un intento por aumentar las posibilidades de reconocer al patógeno causante de la infección. Sin embargo, es importante saber que en ocasiones, debido a ese mismo azar, se generan anticuerpos que no son capaces de eliminar al patógeno. Esto puede deberse a que, aunque se unan al patógeno, no logran unir las proteínas del complemento o incluso, puede que no sean recocidos por las células capaces de comer a los patógenos marcados con anticuerpos unidos. En estos casos, los anticuerpos generados no son bloqueantes, y por tanto, no protegen contra la infección. El resultado de este proceso indeseado es que podemos tener IgGs contra, por ejemplo, el coronavirus SARS-CoV-2, pero no estar protegidos.

La buena noticia es que disponemos de técnicas en el laboratorio para que, una vez que tengas anticuerpos y tu resultado sea positivo en IgG, saber si esos anticuerpos son bloqueantes y por tanto, efectivos contra una futura infección.

Así que ya sabes, si tienes dudas, quédate en casa y pregunta a profesionales.

 

 

Autor: Dr. CArlos del Fresno Sánchez; @arlosdel